Antes de quitarle la vida, La Muerte, siempre benevolente, le ofreció un juego de tres pruebas a cambio de su alma. Uriel, naturalmente aceptó. Así se enfrascaron en una carrera hasta el árbol seco que yacía muerto desde hacia tres años al lado de La casa-de-la-loma. Uriel nunca fue muy atlético, la parca en cambio tenía experiencia ancestral en perseguir cobardes. Con la cuenta uno-cero a favor del más allá, Uriel propuso una prueba acuática. Quien tocara el lecho del lago ganaría.
En efecto, ambos se
lanzaron al mismo tiempo y haciendo acopio de pesadez, intentaron emular grandes rocas para llegar al fondo. El hombre, algo rollizo salió a la superficie con la mano embarrada en lodo y algas, la muerte en cambio, liviana como es, no pudo sino flotar en círculos.
Dios era un espectador divertido de la contienda y dado que cada uno de los competidores había propuesto una prueba que lo beneficiara, la tercera no podía ser iniciativa de ninguno. Por tal motivo, el todo poderoso sugirió un duelo de pulso sobre la piedra del sepulcro, uno de sus paisajes favoritos. Tras un soplido, la parca y Uriel reñían para ver quien ostentaba más lozanía. La muerte, pese a su huesudo brazo, poseía una fuerza fuera de este mundo, el vigor d

e todos los hombres que sucumbieron bajo su mano. Pero Dios apoyaba al mortal y no quería dejar de divertirse con él, por lo que le otorgó algo más de poder para equiparar la fuerza de su contrincante. Y empezaron a salir chispas, remanentes de la inmensa energía que manaba de aquel pulso titánico. Parejos, sin ceder espacio luchaban por vencer. De repente la muerte comenzó a tomar ventaja. Uriel comenzaba a sudar a borbotones, su mano igual, era la manifestación de todos aquellos que aún vivían, los que luchaban por no dejar este mundo y aquellos felices de no haber pasado al otro. La vida manaba por sus poros, la parca comenzó a retroceder, de a pocos Uriel ganó terreno y venció.
La muerte es justa pero orgullosa. Tal como lo prometió, Uriel regresó a su cama, respirando; tampoco se aparecería por allí en un buen tiempo. Vivo. Cuando se incorporó para contar la historia a su esposa encontró una carta, una misiva de despedida. Ella se iba para no volver, se llevaba su ropa y sus pertenencias, sus fotos, salvo un par de besos marcados con su peculiar labial azul. Desconsolado, aquel hombre lloró su perdida, sin más salida que vivir.