martes, 6 de septiembre de 2011

Llenos de inanimado amor


Pablo Jaramillo

Para los nostálgicos y los melosos

En ocasiones existimos por cuenta de nuestras pasiones. Lo que hacemos, lo que pretendemos, lo buscado y lo ignorado. Antes de eso somos objetos inanimados.

Ella es una taza, él un vaso. Ella brilla por su esmaltado cuerpo de porcelana, moldeada en alguna sucia fábrica china; él es endeble y opaco, de plástico moldeado en alguna factoría nacional. Ambos continentes de bebidas calientes.

Fue en medio de su trabajo cuando se conocieron. Ella soportaba un café cargado y sin azúcar, él guardaba con recelo una aromática de panela con limoncillo. Reunidos por casualidad, unidos por decisión. A partir de ese momento, pese a ser disimiles, se estimaron con la cadencia del sentimental que solo un objeto inanimado comprende. Y con ese mismo fervor la taza vio partir a su querido vaso y caer destripado al fondo de un basurero, junto a papeles arrugados y desperdicios hediondos. Quieta, expectante, dejó pasar el tiempo. Mientras, el café se enfriaba.

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