Eran las dos de la tarde en el balcón. Ella lo sabía por su reloj de bolsillo, ese que solía consultar con regularidad, así como lo hacía su abuelo. Pero afuera, en las montañas, las nubes mostraban las cinco menos cinco, como una cortina que prolonga la noche un domingo de modorra. Pese a todo, las nubes, el viento, la gente que dejaba las calles para ponerse a cubierto, pese a todo ella llovía. Era Martes.
El lunes había muerto Él, tras una batalla contra una enfermedad perdida de antemano. en Mayo calló en un coma que más parecía una siesta de medio día. Tres meses después, el lunes del que hablaba antes, murió con un estertor, el grito que dio al despertar. En aquel bufido se fueron las pocas fuerzas que le quedaban y la poca vigilia que conservaba. Luego llegó el martes y Ella se enteró. La llamaron del hospital a la 1:45 PM, ella miraba por la ventana.
Ahora estaba en el balcón. Y llovía. Sus ojos, al menos, llovían.
Y ena quel lugar no llovió por meses. Parecía que ella hubiese hurtado las nubes y llorado por ellas.
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