martes, 14 de enero de 2014

Ideas incompletas sobre el prejucio en la era de acuario.

Nadie debiese creer nada que lea en Facebook y pensárselo dos veces antes de conjurarlo como verdad si proviene de internet. Tampoco se puede juzgar a quienes sólo conocemos por sus tuits y sus repost en tumblr. La gente miente y se trasfigura cuando tiene la oportunidad de que sus acciones no tenga consecuencias y la web es eso, el hechizo que convierte al sapo en príncipe.

 Pasa en los videojuegos: siempre que existe la posibilidad de escoger una facción, quienes acostumbran a ser morales y bien encaminados en el mundo análogo crean personajes malvados en el virtual. Es una venganza, una pulsión, un olvido de nosotros mismos en el cual descargar la porquería que llevamos dentro. Si puedes matar inocentes en el juego hay que acribillarlos, si acaso puedes robar, es el camino más corto. La vida nos llena de ataduras que el ciberespacio rompió. Algo así pasa con Facebook. No se puede juzgar a nadie porque el sarcasmo y la parodia son difíciles de detectar entre textos en una pantalla. La gente no es su perfil de Facebook y juzgarla por su contenido es ridículo. Pero un ridículo del malo, del superficial.

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