miércoles, 1 de enero de 2014
Pechuga de pollo a la plancha
5/6/2015
Querida Lu
Cuando todavía vivíamos juntos me dijiste una vez, mientras cocinábamos, que eras una persona horrible. Me conoces mejor que nadie y sabes que soy un terrible conversador; esa noche me quedé callado y cambié el tema pidiéndote que me pasaras la sal. Ese día lo pasé por alto, pero hoy regresa a mí el recuerdo con la fuerza de un tren de vapor. Estaba cocinando pollo y no pude terminar de echarle sal ya en la plancha. Me puse a escribirte esta casa con las manos todavía olorosas a ajo, ahora me doy el lujo de usarlo, se que nunca te a gustado mucho. Pero lo importante no son mis manos, lo que realmente me importa es el porqué me dijiste tal cosa, en un momento tan atípico.
Espero tu respuesta, aunque sé que hace poco me enviaste una. Te escribo con más frecuencia de la que debería. Discúlpame si te incomodo.
Marco
6/6/2015
Marquitos
No me debes una disculpa. Soy yo la que debe pedirte perdón por demorarme tanto en responder. Pero me toma tiempo escribir, esto de las cartas no es mi fuerte, tengo que leerlas, reescribirlas y rehacerlas. Además el medio que elegiste no es muy moderno. Ya sabes, podríamos simplemente conversar en una vídeo llamada. No te voy a negar, de todas maneras, que me encanta esto, es lo más de romántico.
Si me preguntas por el pollo debo comenzar por el principio para que entiendas todo lo que para mi significa ver uno muerto. Comenzó cuando tenía 12 años, en la finca de mi papá. Él criaba pollos allá (cosa que sigue haciendo), y uno en particular estaba demasiado enfermo como para seguir tratándolo. Tendría que sacrificarlo. Esa mañana, cuando mi papá nos lo contó me animé a acompañarlo en la ejecución, jamás había visto algo así. La manera menos dolorosa para el pollito era con un golpe contundente. Así que mi papá lanzar el pollo con fuerza contra la pared, en el momento en el que yo no miraba y el animal murió al instante. Estallé en llanto, en los lloriqueos más espantosos que mi padre me haya escuchado jamás (salvo el día que te fuiste para Lyon, ese día papá me dijo que no me había escuchado llorar tanto desde la vez del pollito). Verlo muerto, sin poder hacer nada me destrozó. Luego mi papá me dio un discurso, estábamos parados sobre el tanque de agua, y allí me enseñó sobre la vida, la muerte y el sufrimiento. A partir de ese momento aprendí a sopesar la muerte de los animales y a soportar con mejor ánimo la de los seres queridos. Aprendí de las dos primeras, pero no del sufrimiento.
Si me preguntas el porqué dije que soy una persona horrible entenderás que el único punto que el sermón de mi papá no caló fue el del sufrimiento. Sigo pensando que no poder evitar el dolor ajeno nos hace menos dignos de sonreír. Pero no es tan grave, no es que me martirice saber que hay alguien en este momento sufriendo sin que yo pueda hacer algo al respecto, me refiero a quienes me rodean, me saludan y a quienes llamo amigos. No poder hacerlos felices me destroza. La pechuga deshuesada me recordó ese día a algunas personas a quienes les hice daño por mi falta de valor. Gente que por egoísmo o por el miedo que se disfraza de pereza, dejé a un lado. A aquellos que me querían, pero los dejé a un lado, no puedo evitar recordarlos como aquel pollito que estaba enfermo de distancia y que no pude evitar que lo golpeara el tiempo. No me quejo del tiempo, ni de lo que hizo mi padre. Él hizo lo mejor que pudo para sanar al animal y escogió sacrificarlo para que no sufriera más. Lo mismo hace el tiempo.
Sabes... he pensado en probar el ajo. Quizás prepare esta noche una de esas pechugas de pollo que me enseñaste a cocinar esa vez y le agregue un diente. Si acaso no me gusta y queda horrible, podría decir que es mi forma de redimirme. Redimirme por los que me duelen y por el pollito muerto.
Escríbeme cuanto quieras y por favor, no me olvides.
Te ama mucho, Lu.
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