Ajustó el trípode y encendió la cámara de vídeo. Ante el lente, el hijo de Pedro Ramírez soplaba las ocho velas clavadas en su torta, partía con gracia el pastel y sonreía a sus padres centellando gratitud por los ojos. Los niños se fueron a jugar, su esposa a preparar las bebidas. Mientras, Pedro contó las velas, luego una segunda vez, una tercera y una cuarta lleno de perplejidad. Sin duda, se estaba haciendo viejo.
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