No sé desde cuando el escribir se convirtió en una cuestión de ego inapagable. Siempre ardiendo entre los dedos y las bocas; siempre pensando una palabra afortunada para pasar por literato tras una conversación vana, siempre atento a complicar una de las acciones más insospechadas como lo es conversar. Y una tarde, Ella estaba allí, sentada sin más, padeciendo el verbo ser, estando, simplemente. Yo la abordé con un cuento entre labios, pensando en sus ojos y recitando personaje y clímax. Ella, me mira, Yo, con la boca aún abierta callo de súbito y la imito. Me acomodo la chaqueta, me voy del lugar, sus ojos son demasiado fijos, es una mujer de miradas cortas y gustos largos. Ella, sabe quien soy. Me duele el ego hasta encontrar a alguien con quien pretender.
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