Una selva tupida, compuesta por helechos de todos los tamaños, juncos del grosores alucinantes, flores de colores caleidoscópicos, rocas prismáticas y aguas cristalinas parecían absorber a Uriel a cada paso de su cansada huida. Su pelo negro, empapado por la lluvia, golpeaba cadencioso su frente y por momentos cubría los ojos grises que se abrían sorprendidos ante la selva infinita. Atrapado, fugitivo, perdido y solitario, Uriel sufría el peso de su equipaje, aumentado por el de su conciencia. Había robado algo valioso a personas que no poseen más que sus creencias.
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